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El coste real de una herramienta nueva no es el precio

· 7 min de lectura

Licencias, migración, horas de aprender y el mes con dos sistemas: la cuenta entera del primer año y las tres preguntas que llevarte al comercial.


Te enseñan 49 € al mes y decides con ese número. Es el más pequeño de todos los que vas a pagar por esa herramienta y casi el único que aparece por escrito antes de firmar. Esto va para el dueño que está a punto de contratar algo nuevo —un CRM, un programa de partes, una app de agenda— y quiere hacer la cuenta entera ahora y no en marzo. No es un artículo en contra de comprar software: es para que compres sabiendo lo que cuesta.

El precio es el único coste que te enseñan

Quien te lo vende compite en el número visible, así que lo tiene muy afinado. Lo demás no desaparece: se traslada a las semanas de tu equipo, donde no hay ninguna factura que lo recoja.

Estas son las líneas que faltan en el presupuesto que te han pasado:

  • Licencias de verdad. No el plan del escaparate: el que vas a necesitar a los tres meses, cuando descubras que los avisos automáticos o los permisos por usuario están en el plan de arriba. Cuenta usuarios reales, incluida la persona que entra dos veces al mes y ocupa licencia igual.
  • Migración. Sacar lo que tienes de donde está y meterlo donde va. Casi siempre queda una parte manual, y esa parte la hace alguien tuyo.
  • Aprendizaje. Horas por persona, y no son las mismas horas para todos.
  • El mes de los dos sistemas. El solape en el que trabajas con lo viejo y lo nuevo a la vez.
  • Pegamento. Conectarla con lo que ya tienes: la facturación, el calendario, WhatsApp. Si no conecta, alguien copia y pega, y eso es una tarea nueva para siempre.
  • La salida. Lo que cuesta irse dentro de dos años. Se pregunta al entrar, porque al salir ya no te contestan tan rápido.

Ninguna es una pega teórica: son las seis cosas que hacen que en marzo la herramienta de 49 € al mes te parezca cara sin que sepas explicar por qué.

Las horas de aprender no se reparten como crees

En un equipo de cinco o seis personas, una herramienta nueva se aprende a tres velocidades distintas.

Está quien la pilla en dos tardes. Buena noticia, hasta que ves lo que pasa después: esa persona se convierte en el soporte interno de las otras cuatro. Cada duda pasa por ella. Es un coste real, no aparece en ningún sitio y se lo come alguien que además tenía su propio trabajo que sacar.

Está quien la usa a medias. Entra, hace lo mínimo, deja campos vacíos o mal puestos. Es el perfil más caro de los tres, porque los datos a medias son peores que no tener datos: te fías de un listado incompleto y decides con él.

Y está quien no la abre. Sigue con su libreta, su hoja de cálculo o su carpeta de correo, y durante meses nadie se entera porque su trabajo sale igual de bien. El día que te enteras, el histórico de esa parte del negocio no está donde debería estar.

Así que la cuenta no es «dos horas de formación por persona». Es eso, más varias semanas a media velocidad, más las horas de quien acaba haciendo de soporte: en una pyme de seis, dos o tres jornadas completas repartidas por el calendario. Las paga la caja aunque no salgan en ninguna factura.

La migración y el mes en que tienes dos sistemas

Migrar no es exportar un CSV y subirlo. Lo que sale limpio son las fichas: nombres, teléfonos, importes. Lo que no viaja es justo lo que hace útil una ficha: la nota de que este cliente paga a 60 días aunque lo pactado eran 30, el hilo de correo donde se pactó el descuento, la foto de la avería que mandó por WhatsApp. Eso vive fuera del sistema y seguirá fuera después.

Dos decisiones ahorran la mayor parte del dolor:

  1. Migra sólo lo activo. Clientes con movimiento en los últimos doce o dieciocho meses. El resto no se migra: se guarda como archivo consultable —un export, un PDF, la base antigua en sólo lectura— y punto. Migrar diez años de datos muertos es pagar por limpiar algo que no vas a mirar.
  2. Ponle fecha al corte. El solape es necesario, nadie se lanza al vacío un lunes, pero es el estado más caro que existe: doble introducción de datos, dudas constantes sobre cuál manda y errores que no son culpa de nadie. Dos o tres semanas está bien. Tres meses significa que el cambio no se ha hecho.

La señal de alarma es muy concreta: si pasado el corte alguien sigue abriendo lo viejo «para mirar una cosa», el corte no existió. O falta un dato en el sistema nuevo, o falta una conversación.

Haz la cuenta del primer año, entera

Coge un papel y escribe cinco líneas. Los números de abajo son de ejemplo; pon los tuyos, que es justo el ejercicio.

Una pyme de seis personas contrata una herramienta a 29 € por usuario y mes:

  • Licencias: 29 × 6 × 12 = 2.088 € el primer año. Si la función que te hacía falta está en el plan de 39 €, son 2.808 €.
  • Migración: entre 15 y 25 horas de alguien tuyo, o una tarifa de puesta en marcha del proveedor.
  • Formación: 2 h × 6 personas = 12 h, más 10-15 h de quien acaba ejerciendo de soporte interno.
  • Solape: tres semanas de trabajo doble en la parte del proceso que se toca.

Suma las horas y multiplícalas por lo que te cuesta de verdad una hora de tu equipo, coste de empresa y no salario bruto. En ese ejemplo salen entre 45 y 60 horas, y ahí está el grueso del gasto: la parte en euros suele ser menos de la mitad del coste total del primer año.

No hagas esta cuenta para asustarte. Hazla porque te cambia la pregunta. Ya no es «¿me gasto 29 al mes?», sino «¿esta herramienta me devuelve más de cincuenta horas en el primer año?». Esa segunda pregunta casi siempre se contesta sola.

Cuándo la herramienta nueva sí sale a cuenta

Nada de lo anterior dice «no compres». Hay cuatro situaciones en las que el número sale bien de sobra:

  • Sustituye a dos o tres. Si absorbe el trabajo de tres herramientas y las tres se van el mismo día, la cuenta cambia entera: te ahorras licencias y, sobre todo, el «¿dónde estaba eso?».
  • Es el sistema oficial de algo que te obliga la ley. Facturación, registro de jornada, historia clínica. Aquí no hay debate de eficiencia: necesitas un sitio serio donde esté.
  • Lo que tienes te está frenando de verdad. No «es incómodo»: se cae, no deja entrar a dos personas a la vez, o el proveedor ha dejado de actualizarlo.
  • La migración la hace el proveedor y te la enseña antes de firmar. Que te muestren tus datos ya dentro, en una prueba. Eso cambia el riesgo de sitio.

Y el caso contrario, que conviene decir aunque no nos favorezca: si el proceso está roto, la herramienta no lo arregla y automatizarlo tampoco. Si hoy nadie sabe quién contesta los presupuestos, un programa de presupuestos te dará presupuestos sin contestar, sólo que en una pantalla más bonita. Con un agente de IA pasa igual: automatizar un proceso confuso hace que se confunda más rápido. Ordena primero quién hace qué, aunque sea en un folio, y después decide qué herramienta hace falta, si es que hace falta alguna.

Tres preguntas antes de firmar

Llévate estas tres a la reunión con el comercial. Las respuestas te dicen más que la demo:

  1. ¿Qué plan necesito exactamente para hacer esto? Nombra la función concreta que te ha hecho llamarles y pide que te confirmen por escrito en qué plan está.
  2. ¿Cómo saco mis datos el día que me vaya, y en qué formato? Si la respuesta es vaga, ya conoces tu coste de salida.
  3. ¿Qué parte del proceso sigue siendo manual después de esto? Es la pregunta que menos gusta y la que mejor predice tu marzo.

Y una cuarta, para ti y no para el comercial: ¿te falta una herramienta, o el trabajo de unirlo todo lo estás haciendo tú a mano? Si es lo segundo, comprar software no lo soluciona. Así montamos automatizaciones a medida: sobre el proceso y las herramientas que ya tienes, sin empezar de cero.